jueves, 23 de julio de 2015

Vaivén.

 La primera vez que te vi, nunca sospeché todo lo que sucedería después, la primera vez que te observé, realmente te vi atractivo, quería besarte, poseerte, tenerte, amarte, aunque solamente me diste un beso, quería devolvértelo y soporté hasta donde tu mirada me hizo flaquear y me quebranté hasta que te besé con tanto deseo, que creí consumirme en ese mismo momento.
 El segundo momento de vaivén lo tuvimos en tu cama de soltero, (aunque técnicamente no lo fueras) hacía tanto frío que insististe en que nuestros cuerpos desnudos generarían mucho más calor, ¡y cuánta razón! Si tus manos recorrieron toda mi geografía de norte a sur, y de sur a este, y así sucesivamente, me recorriste, nos recorrimos toda la noche extasiados de placer, tus besos habitaron todos mis lados, tus caricias poblaron todas mis aristas. Mirarte a los ojos erizaba mi piel, y cuando los cerraba, maravillada del placer, olía tu perfume, olía tu olor, tenía todo tu ser con mi ser, aunque fuera por un momento, me hiciste sentir cosas inigualables, nunca creí sentirme así, físicamente plena y absorta en alguien más.
 El vaivén está ahí, se encuentra ahí, donde el cuerpo no se encuentra con el amor, pero sí con la plenitud.

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